Finalista I PREMIO TÁRTARUS

EL SACRIFICIO

 

En la horca negra bailan, amable manco,

bailan los paladines, los descarnados danzarines del diablo;

danzan que danzan sin fin

los esqueletos de Saladín

El baile de los ahorcados, Arthur Rimbaud

   Hubiera supuesto que tantos años de estudio y abnegada investigación lo habrían preparado para ese momento. Pero no era así. Estaba ansioso, nervioso, inquieto…

   Mientras contemplaba a su alrededor la excitación del grupo de salvajes, sus saltos alrededor de la enorme pira que alzaba sus aterradoras garras de fuego hacia el cielo, iluminando la noche entre un griterío de almas desconectadas de sus cuerpos por el sopor religioso al que estaban sometidas, no podía creer haberlo logrado.

   “Dr. Alan Brockman”, se había presentado al agregado cultural de la embajada hacía tan sólo una semana atrás ante las autoridades del puerto de Tohuacu, la isla principal del archipiélago Nahual, en la recóndita bastedad del profundo Pacífico. Y desde ese entonces, el mundo tal y como lo conocía había desaparecido.

   Tres días en un desvencijado barco mercantil, otros dos en un bote de pescadores, y uno más en una canoa de bambú, con la sola compañía del extraño guía, único contacto con el mundo exterior de los Kulualu, míticos habitantes de esa isla que no figuraba en ningún mapa, pero a la que había llegado en busca de respuestas.

   En realidad, estaba allí para “ser testigo” de esas respuestas.

   Años de estudios en la Universidad le habían dado su doble doctorado en Antropología y Sociología, pero no habían sido suficientes. A él le interesaba la “realidad viva”, así como la llamaba. Por eso había decidido dedicar su vida a comprobar con sus propios ojos los misterios que sus libros no podían abarcar, ni terminar de desentrañar.

   Y su obsesión desde un principio fueron los Kulualu.

   Esos mismos hombres que ahora danzaban con desenfreno alrededor del fuego, en esa cima al borde del acantilado de roca que moría en el mar, profiriendo gritos antinaturales desde su trance, saltando, agachándose, elevando súplicas ininteligibles al océano de oscuridad al que la luz de la pira hería constantemente. Los Kulualu.

   Tribu ancestral, recluida en las profundidades más vírgenes del Pacífico, salvajes que jamás habían sido evangelizados, jamás habían conocido la tecnología del mundo moderno, y sobre todo, jamás, jamás habían permitido el ingreso de extranjeros.

   Sin embargo, allí estaba él. Había seguido los rastros de muchas otras investigaciones truncas, había creído en relatos de marineros, en detalles de historias inverosímiles de indígenas de islas adyacentes, aunque distantes y casi tan inescrutables como esa.

   Pero sobre todo, lo que lo llevó allí fue un viejo pergamino pirata, conservado en el museo de Carcosa, en el que una cruza de lenguajes ya perdidos, de tribus desaparecidas en la bastedad del Océano sin fin, del tiempo sin número y del espacio sin identificar, daba la indicación del lugar en el que una tribu primigenia seguía perpetuando su existencia a través de un culto arcaico basado en ritos salvajes y barbáricos.

   Había ido hasta allí a conocer a Abmúluhu, el dios cruel. Y sólo a través del sacrificio de Nuacunasu, “el-recién-llegado”, se suponía que la ancestral presencia se haría tangible. Ese momento se acercaba.

   Mientras trataba de tomar notas en su pequeño cuaderno, con su aún más pequeño y descabezado lápiz, trataba de comprender la verdadera dimensión del suceso. Nunca otro hombre occidental había sido aceptado a presenciar ese evento, al menos no uno culto que pudiera recabar información válida y desprovista del misticismo en el que había tenido que zambullirse para desenmascarar la doctrina detrás del mito.

   Los Kulualu, ahora, iban disminuyendo el ritmo de su danza, pero sus voces habían tomado un carisma aún más extraño, profundo y acompasado. Todos danzaban desparejos, pero todos mantenían la misma cadencia del canto ritual.

   Al llegar a la isla, y luego de que su guía huyera no sin un rictus de pavor en su rostro, él se había internado en la jungla y finalmente había encontrado a los Kulualu. O ellos lo encontraron a él.

   Aún con todo su conocimiento a cuestas, fue difícil hacerse entender. Todavía no estaba seguro de haberlo hecho. Pero usando la misma cruza bastarda de dialectos y lenguas olvidadas que había utilizado en la traducción del pergamino de Carcosa, creyó que los salvajes habían entendido que no estaba allí para hacer mal alguno, sino sólo ver y adorar (en esto último creyó mentir con suficiencia) a su mismo dios. Y que tan pronto hubiera terminado, partiría para no volver.

   Sorprendidos porque un extranjero pudiera hacerse entender en su propio idioma, los salvajes parecieron creerle. Ahora, mientras dibujaba con veloces rasgos en su cuaderno parte de la escena que se alzaba frente a sus ojos, le pareció casi natural que él fuera el único forastero en haber logrado comunicarse con esos salvajes.

   Nadie había sido más aplicado que él en su búsqueda, nadie había dedicado tantas horas de su vida en unir cada pequeño detalle que pudiera conducirlo hacia ellos, nadie había sacrificado buena parte de su vida en interminables traducciones, comparaciones de lenguajes e imitaciones de sonidos casi inhumanos.

   Se merecía estar allí. Se había ganado ese derecho. Y pensaba disfrutarlo como nadie. El sonido se interrumpió. Todos los Kulualu quedaron postrados, en una postura reverencial y sometida. Frente a ellos, el crepitar del fuego y la oscuridad absoluta e inescrutable de la noche. Y un llanto.

Nuacunasu, pensó. “El-recién-llegado”, pensó. Estaba en lo cierto, pensó.

   De la nada misma de las tinieblas, una figura alta y encorvada surgió trayendo en sus brazos el origen de aquel llanto. Entre las decenas de salvajes postrados en el suelo, el hombre, anciano y lleno de cicatrices, llevó a la criatura hasta el altar de roca al otro lado de la pira.

   Desde su rincón, casi en penumbras, gravó los detalles de ese momento, tanto en su cuaderno con su lápiz, como en su consciencia con su mente. El momento había llegado. Sabía lo que se aproximaba. Sería brutal. Sería horrendo. Sería único. Por eso estaba allí.

   De haber sido un hombre atado a cualquier tipo de creencia religiosa, se hubiera sentido blasfemo, hubiera pensado que su fascinación por el atroz acto que iba a presenciar le sería cobrado en otra vida, en otro plano, en otro tiempo y espacio, con una existencia de dolor, miseria y penurias. Pero no lo era. Era un catedrático, un sabio, un aventurero. Un hombre de ciencia. Un hombre de estudios. Un hombre civilizado.

   Y sus estudios, esas infinitas e interminables traducciones que el resto de la humanidad había pasado por alto, lo habían llevado a él a ese momento, lo habían elegido a él para dar testimonio vivo. Esos estudios que hablaban del rito a través del cual removiendo en vida la piel de Nuacunasu, el-recién.-llegado, el terrible Abmúluhu, dios del terror, el padecimiento y la crueldad sin fin, se haría presente.

   Mientras el encorvado salvaje de las cicatrices elevaba la criatura a las alturas de la noche por encima del altar de piedra arcana, otra figura más baja y de cojo caminar, se aproximaba hacia el altar con lo que parecía ser un arcaico cuchillo de piedra en sus deformes manos. Y la criatura, que no tendría más que unas horas de vida humana en este mundo, hundía sus gritos en la noche como un barco hunde su popa en las aguas desconocidas y misteriosas de un mar inexplorado.

   El-recién-llegado es un bebé, un recién nacido. Tenía sentido. Tal y como él había deducido del pergamino. Ahora sólo quedaba contemplar el procedimiento final del rito. El más grotesco. El más feroz. La remoción en vida de cada centímetro de piel de el-recién-llegado, para permitir, a través de esa ofrenda carnal que el perverso Abmúluhu se revelara ante ellos y renovara, como cada año, su oscura protección a los Kulualu volviéndolos a ocultar del mundo, preservando su primigenia existencia.

   Y mientras preparaba una hoja limpia de su cuaderno, y apoyaba el lápiz para volcar lo que fuera que apareciera frente a sus ojos, todos sus complejos occidentales, todo su pavor por lo que allí pasaría, todos sus prejuicios humanos, todo su asco, repulsión y rechazo a esas formas barbáricas de adoración, desaparecieron.

   Todo fue reemplazado por una fascinación ciega, por un anhelo irracional, por una expectativa privilegiada de estar allí, por encima de cualquier otro hombre civilizado.

   Allí fue cuando los sintió. Cuatro pares de fuertes brazos desnudos lo tomaron de improvisto por detrás. Lo rodearon, forzaron sus brazos y piernas, lo levantaron del suelo y lo llevaron hacia el centro de la escena, mientras él luchaba más por recuperar su cuaderno y su lápiz caídos en el forcejeo, que por comprender realmente lo que pasaba.

   Fue arrastrado impiadosamente, hacia las llamas, pasando por entre los cuerpos de los salvajes postrados que iban poniéndose de pié apenas él los dejaba atrás, y lo miraban con ojos enloquecidos y rostros de desencajados.

   Pasaron al otro lado de la pira, y él seguía sin poder safarse, ni entender qué había hecho mal, qué había fallado, en qué los había ofendido, mientras ya todos los salvajes estaban de pie, y la luz de las llamas revotaban contra sus semblantes como las olas contra las piedras de la costa allí en las bases del acantilado. Sintió que lo arrojaban con fuerza contra la roca sobre la cual aún oscilaba el bebé en los brazos del salvaje alto. Y vio con un horror frenético y desesperado cómo el otro, el cojo, bajaba su tosco cuchillo de piedra y lo enterraba en la piel de sus hombros, empujando y desgarrándola, tirando con sus duras manos hacia abajo, arrancándola como si fuese un cordero despellejado, cubriéndose de sangre, exponiendo sus vísceras con una conciencia aún de pesadilla, entre unos gritos desgarradores y voraces.

   Y al levantar sus ojos, vio que no provenían del bebé, sino que eran sus propios gritos de dolor, pavor y espanto. Allí fue cuando tuvo el último momento de claridad y sabia comprensión de su vida. Nuacunasu, el-recién.-llegado, no se trataba sobre el sacrificio de un bebé, un recién nacido, para que apareciera el dios. ¡El bebé era el dios!

   Y el sacrificio de el-recién-llegado haría que Abmúluhu, el cruel, se encarnara en él.

   El sacrificio. Su propio sacrificio.

 

ale blogAlejandro Damián Lamela nació el 9 de abril de 1981, en el barrio porteño de Flores. Hijo de Ana Liguori y Ruben Lamela. Es Licenciado en Periodismo de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, docente y escritor. Sus obras se han publicado en diversos sellos editoriales. Ha recibido numerosas distinciones literarias, las cuales incluyen el 1º Premio del Certamen Nacional de Narrativa 2005 de Ediciones Telmo, el 1º Premio en el I Concurso Internacional de relatos cortos de terror de Editorial Marlex, de Barcelona – España, y el 1º Premio del Certamen Nacional de Jóvenes Escritores (años 2011 y 2012) de Ediciones Mis Escritos. Es también autor de los libros “A las Puertas del Anochecer, cuentos fúnebres” (Ediciones Telmo 2006); “Bajo los Abismos de la Locura, cuentos ausentes” (Ediciones Mis Escritos 2012); y “Pasajero en Trance, crónicas de un viajero sufrido” (Ediciones Mis Escritos 2013).

 

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